Hay espacios que conoces de memoria.
Calles que has caminado muchas veces.
Conversaciones que ya sabes cómo empiezan y cómo terminan.
Rutinas que funcionan casi en automático…
Y aún así, un día, algo no encaja.
No es que el lugar haya cambiado. Eres tú quien ya no se acomoda igual.
Como si te sentaras en una silla que siempre fue cómoda y de pronto notas que el respaldo no coincide con tu espalda.
No duele, pero incomoda.
Si últimamente sientes que estás presente, pero no del todo dentro, no te apures a explicarlo. No siempre estar fuera de lugar significa estar equivocado. A veces solo significa que algo se está moviendo.
A veces todo sigue igual desde afuera. La gente es la misma, las responsabilidades continúan, las conversaciones no se detienen. Pero por dentro aparece una sensación difícil de nombrar. Como si el ritmo no coincidiera, como si lo que antes hacía sentido ahora se sintiera ajeno.
No es rechazo, no es desinterés. Es una distancia suave, silenciosa, que no sabe todavía hacia dóde va.
Y aunque no siempre se habla de esto, sentirse fuera de lugar también es parte del camino. No como error, sino como señal de que algo está cambiando.
Tal vez no se trata de encajar de nuevo, sino de entender que hay momentos en los que estar fuera de lugar es exactamente donde toca estar.

